HISTORIA Y CULTURA RELACIONADA CON EL VALLE DE MENA

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LIBRO SOBRE LAS IGLESIAS Y ERMITAS DEL VALLE DE MENA

    El menés José Ibarrola, junto con su mujer Lourdes Colino, han escrito un interesantísimo libro sobre las Iglesias y ermitas del Valle de Mena.

    Desde las parroquias de Mena, deseamos colaborar con el ayudando a su venta, por lo que los sacerdotes nos ofrecemos de forma gratuita como intermediarios para quien desee adquirir algún ejemplar. En depósito tenemos en la sacristía de Villasana unos ejemplares que se pueden adquirir en horarios normales de apertura al culto.

    El precio propuesto por los autores para cada ejemplar es de  25 €. La edición es limitada.

 

 


 

25 de septiembre.
 

    Cuando se escriben estas líneas es 25 de Septiembre del año 2011, a las 11 de la noche. Justamente hoy, ahora, en estos precisos momentos se cumplen 75 años, tres cuartos de siglo, del martirio de José Florencio Angulo Zaballa.

 

 

    El 25 de Septiembre de 1936, como hoy era domingo. Pero en las iglesias de Mena, no se celebraron misas porque habían sido profanadas; sus retablos e imágenes quemadas; sus campanas estaban mudas, porque las habían derribado de sus troneras con el propósito de fundir su bronce para hacer cañones. Un odio denso flotaba aquel día en las calles de Villasana y el escalofrío provocado por el miedo recorría las espaldas de muchos de sus moradores.

 

 

    Aquel domingo primero del otoño, mediada la tarde fué arrestado José Florencio. Primero había sido detenido Manolo, su hermano mayor, pero al llegar Manolo al Convento de Santa Ana, alguien dijo: “no es este, no es este”. Y le pusieron en libertad con orden de que hiciese venir a su hermano José Florencio,  Pepe, “el estudiante del Seminario de Monte Corbán”.  Como Manolo no transmitió la orden enviaron dos individuos a su casa para buscarle. Fueron y se lo llevaron.

 

 

    Anochecía cuando Pepe, a sus 17 años sin cumplir, cruzaba el Puente Viejo en medio de sus guardianes mientras desde el balcón del Sindicato, Clementina, la madre de Pepe, protestaba a gritos por la detención e increpaba a los que le conducían, acaso presintiendo el martirio de su hijo. No le hicieron caso y Pepe se perdió en las sombras negras de la noche, ingresando en unión de otros detenidos procedentes de la cárcel conventual, en la Parroquia de Villasana.

 

 

    El delito de Pepe era ser católico, seminarista aspirante al sacerdocio. Sus verdugos actuaban por odio a la religión y a Díos. En seguida supo Pepe que Díos le había concedido la gracia del martirio y la afrontó con entereza y valentía humanas y la acepto con amor.

 

Se supo posteriormente que en un determinado momento de su prisión breve –y de su Pasión y muerte- exclamó: “me quitaréis la vida, pero no la fe en Díos”.
   

    A media noche de aquel 25 de Septiembre de 1936, Pepe –José Florencio Angulo Zaballa- entró en el reino de los Cielos y cerca muy cerca de Dios permanece. Es el embajador de Villasana, en el Reino de los Cielos, el primer menés, el más importante y universal, al que le podemos pedir y encomendar muchas cosas: la salud de los enfermos; la enmienda de vida de familiares, hijos, nietos; la  solución de cuales quiera necesidades que nos afligen. Y sobre todo la realización de aquella petición que formulaba Don Angel Nuño al final del rosario de cada día: la paz y concordia de todos los españoles.

 

 

    Su proceso de beatificación está abierto y puede estar próximo el día que le veamos en los altares. Será un inapreciable e inmenso regalo y alegría para Villasana, para Mena y para la Iglesia Universal el ver el nombre de José Florencio Angulo Zaballa inscrito en el catálogo de los Santos.

 

 

    Cuantos favores recibamos de él, los podemos comunicar a nuestro Párroco, advirtiendo que la beatificación de un mártir no requiere milagros según el Código de Derecho Canónico. La exaltación de la figura de nuestro mártir se hace dentro de la más estricta normativa eclesiástica constituida por los Decretos del Papa Urbano Octavo por la que no se pretende inmiscuirse en las decisiones que  adopta la Autoridad Eclesiástica sobre su proceso de beatificación. Finalmente la devoción a nuestro seminarista, mientras la iglesia no permita otra, es puramente privada.

 

   

    Y con todo habremos dado cumplimiento al dulce mandato que recordaba Juan Pablo II en “Tertio milenio adveniente”:  “Es precioso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo la documentación necesaria” recordando el viejo adagio de tertuliano: “sanguis martyrum semen christianorum”: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

 

 

JOSE BUSTAMANTE BRICIO

 


LA CRUZ LAUREADA DE SAN FERNANDO QUE LE FUE IMPUESTA A LA VIRGEN DE CANTONAD
(por
el profesor Mario Hernández)
Artículo publicado en la Hoja Parroquial nº. 20, de mayo de 2007.

La Cruz laureada de San Fernando

Es una Condecoración creada en el reinado de Fernando VII cuando, en 1821, se procedía, tras la guerra de Independencia, a la reforma del Ejercito. Es la más alta Condecoración Militar que se concedería, previo un juicio contradictorio, a quien se hiciese acreedor a ella demostrando “valor heroico bajo fuego enemigo”.

Cómo y por qué le fue impuesta a la Virgen de Cantonad

La Cruz Laureada de San Fernando fue ganada en el año 1919, en Kudia Rauda (Marruecos) por el Teniente Médico Don Manuel Ruigómez Velasco, nacido en Villasana de Mena. Le fue impuesta por su Majestad el Rey Don Alfonso XIII, en el Paseo de Coches del Retiro de Madrid, ante toda la Guarnición, formada con uniforme de gala, según mandan las Ordenanzas.

Cuando el Teniente Ruigómez fue a su pueblo, después de la imposición de la alta Condecoración, obtenida con “valor heroico”, la Corporación Municipal y el vecindario salieron a recibirle a la Estación de ferrocarril de Mercadillo. Ruigómez expresó su deseo y voluntad de imponer la Condecoración a la Virgen de Cantonad y el Párroco de Villasana y Arcipreste del Valle, así lo aceptó.

El Acto de imposición fue efectuado en el verano de 1939, con asistencia multitudinaria de vecinos de todo el Valle, bajo la presidencia y hermoso Sermón laudatorio pronunciado por Don Ángel Nuño en la Misa que tuvo lugar. Ruigómez prendió en el Manto de la Virgen la Laureada. Desde entonces aparece ininterrumpidamente la gloriosa Condecoración de quien quiso dejar constancia, como buen menés, de su filial amor a la Patrona del Valle. Don Manuel Ruigómez Velasco fue nombrado, poco tiempo antes de su fallecimiento, Hijo Predilecto del Valle de Mena.


El camino de Santiago en el Valle de Mena

Este artículo está basado en los estudios realizados por Adolfo Diego de Miguel y publicados en su libro "Caminos olvidados" que se encuentra a la venta en Villasana.

            Vamos a  considerar  como la principal entrada del Camino de Santiago en el Valle de Mena  el Puente de Arla-Berrón, ya que en el convergen las Calzadas de desde Bilbao y  de Castrourdiales, y a los que  llegaban peregrinos por mar y  por otras calzadas más al este.  Existíendo además otras diferentes llegadas, para atravesar este Valle.

            Ya atravesado  el Puente de Berrón, y  a unos cinco minutos andando por  la izquierda de  la actual  carretera encontramos un puente que salva un pequeño  rio  el Romanin,  que  desemboca  en  el  Cadagua, y un sendero que nos conduce hasta otro puente, el de Las Oleas, este de origen Romano que daba paso a La Calzada  Romana. Tambien encontraremos otro puente romano en el centro del pueblo del Berrón.

            Pasando por debajo de las vías llegamos a la capilla de los Martínez de la Riva, ya en Santecilla  y tomando en el  cruce al  frente por  la Calzada llegamos a  donde estaba la ermita de San Andrés, lugar en el que estaba situado el monolito llamado Miliario del Berrón. En el que se podía ler en latín, cómo la Vía Aquitania de cuyos ramales forman parte  estas  Calzadas fué  reformada por  el  Capitan  Qinto  Decio en el año  258  de  nuestra  era,  y  que  está  dedicado al  Emperador  Cesar  Caro Julio Vero    Máximo, etc.. 

            Este Miliario se encuentra actualmente en el Museo Antropológico de Bilbao.

           Seguimos el curso del rio Romanin en dirección al pueblo de Opio, una pequena población con su Iglesia dedicada a San Juan Bautista, a la derecha un camino ascendente nos lleva al alto del Caballo,  y seguidamente a la población de Menamayor, con su Iglesia de San Pedro. Existieron en estos lugares dos ermitas de las que no queda ni las ruinas.

           De aquí y pasando por Emtrambasaguas y Mercadillo, llegamos a Villasana de Mena, centro administrativo de todo el Valle. Una antigua Iglesia dedicada a Nuestra Señora de las Altices (hoy desaparecida) dío lugar a la actutal de construcción moderna, con la misma  advocación

            Las ermitas de San Roque y  San Sebastián , así como la de las Animas son también víctimas de la desaparición y el olvido.

           En Villasana de Mena desemboca otro ramal del camino, desde Santiago de Tudela, cuya Iglesia esta dedicada a Santiago Apostol y que posee también un monasterio de la misma advocación, por donde los peregrinos pasaban antes de dirigirse a la llana de la Tudela, y que venia desde Orduña, el Valle de Ayala y Arceniega, este camino fué utilizado hasta el siglo XVIII.

           Salimos  de Villasana y dejamos ya la carretera general, la Casa Torre de los Velasco nos despide , cuando caminamos ya en dirección a Vallejo.

            Desde una pequeña loma que pasamos por el camino, divisamos ya, la Iglesia de San Lorenzo que formó parte del monasterio de este mismo nombre.

            Esta iglesia, situada ya en Vallejo es estilo Románico y construida entre los siglos XII y XIII  estuvo encomendada los Caballeros de Jerusalén cuya dedicación era la de atender a los peregrinos. En su fachada se puede apreciar en sus arquivoltas exteriores, canecillos y  portadas : diferentes figuras de animales, flores y personajes míticos. Así como figuras de peregrinos portando conchas.

                 En la cara norte está la puerta llamada de El Perdón, y cuenta la leyenda que los peregrinos que por fuerza mayor no podían seguir su camino hasta Santiago, conseguían El Jubileo, pasando por debajo de ella.

    Salimos de nuevo a la carretera y caminamos hasta la última casa de Vallejo situada a distancia del núcleo principal, donde se toma a la izquierda un camino-sendero que entre prados nos conduce a El Vigo.  La Iglesia es también de estilo Románico y está dedicada a Santiago Apóstol.  En su tímpano se puede admirar una talla  muy bella de la crucifixión de Cristo

            Caminamos al  siguiente pueblo, Siones, donde encontramos otra bella iglesia Románica, la iglesia de Santa María de Siones, bajo la avocación a la Asunción de la Virgen.    Construida a finales del siglo XII, habiendo sido encomendada su construcción a los Caballeros Templarios. (Existe alguna duda sobre la participación de los Templarios, ya que estos llegaron a Mena un año más tarde) .

            Su puerta principal es la más ornamental, tiene ocho columnas y cinco arquivoltas con capiteles decorados, la otra puerta es de cuatro columnas y tres arquivoltas.

           Dejamos Siones en dirección a Vallejuelo, y su Iglesia esta dedicada a San Esteban.  No queda rastro de una casa que tenía siete torres, en cuya casa se decía que encerraban a los moros que hicieron prisioneros  los condes de Castilla.

            Seguimos caminando por la carretera hacia Sopeñano, y vemos un poco alejada a la derecha la Torre de Tobar en el pueblo de Lezana.    LLegamos a Sopeñano, que quiere decir (bajo la peña), pueblo que data del siglo VIII.  

            Caminamos en dirección a la peña, al final de una cuesta divisamos el pueblo Cadagua, nombre que da el rio que aquí nace y atraviesa todo el Valle.   Dejando en Cadagua la fuente a la derecha, por un camino empedrado pasamos la vía del ferrocarril, encontramos a la izquierda la fuente del Romero. Continuamos ascendiendo por un sendero de piedras escachadas hasta llegar a la cima de la peña, desde allí podemos apreciar la construcción de la calzada en grandes tramos que aún se conservan y entre sus piedras colocadas en diferentes posiciones y remates longitudinales, se ven las huellas de los carros.              

                                         Como un broche en medio de estos hermosos paisajes que se ven desde estos altos, resalta en el alto de un cerro como vista preferente del valle la ermita de Ntra. Sra. de Cantonad, es la patrona de Mena desde el siglo XIV donde miles de Meneses se reúnen el día 8 de mayo.

Ya el camino toma rumbos fuera del Valle de Mena, por lo que finalizamos aquí esta ruta descrita.

 


Santa Filomena

(artículo publicado en la Hoja Parroquial 45, junio 2009)

    por José Bustamante Bricio

    No sé sabe desde cuando, pero desde luego que no hace muchos siglos por las razones que más adelante se dirán, la celestial patrona de Villasana es Santa Filomena. Los vecinos de la única villa menesa celebran su patronazgo el 14 de Junio de cada año, al día siguiente del también patrono de la Villa, San Antonio de Padua, el casamentero lisboeta, aún cuando el 14 de Junio no es la fiesta litúrgica de Santa Filomena. Razones de conveniencia determinaron celebrar Santa Filomena como último día de fiestas de la Villa, porque el verdadero día de la fiesta litúrgica de la Santa es en el mes de Agosto. 
 

    Antaño, los vecinos casados de la Villa, celebraban a Santa Filomena, la joven mártir romana, con gran regocijo: sacaban su imagen en andas, en procesión alrededor de la iglesia parroquial de Villasana con acompañamiento de música, ya fuere la banda de Valmaseda, una modesta orquestina o la añorada chirimía que tañían Aureliano el de Hornes, Santos Leciñana de Vallejo, o Cesáreo y Onofre, los montijanos de Agüera, música pagada en religioso escote por los vecinos. Durante la procesión rasgaban el tibio aire primaveral cohetes voladores y alguna que otra bomba de palenque, que hacían taparse los oídos a los niños que iban en fila, bajo la vigilancia de Don Emilio Pereda, el respetable y respetado maestro de Villasana. El día de la fiesta había -¡como no!- un elocuente orador sagrado que, con paño al púlpito, hacía florido menologio de la santa y de sus virtudes. En su honor cantaba el polifónico coro parroquial integrado por Manolo y Nicolás Machón, Juanazas y Antonio Sáez, Valerio y Miguel Ortiz de Uriarte, el maestro Cleto Larrea; y las tiples, Lola, Chole, Pili y Maria Luisa… -la lista sería interminable-, bajo la batuta del maestro Porro, luego chantre de la primada catedral tarraconense y con acompañamiento al armonio de mi buena madre o del gran organista, compositor y maestro Don Martín Rodríguez Seminario. Se cantaba una pontifical de Laurentio Perossi a varias voces; los sonidos polifónicos se derramaban bajo las bóvedas del templo produciendo escalofríos de entusiasmo en el auditorio que llenaba la iglesia.

    Era Santa Filomena el segundo y último día de las fiestas –en plural parecían más importantes- de Villasana, uno de esos días que dejan, cuando han pasado, rescoldos de tristeza y añoranza en el corazón. También la fiesta del Asilo dejaba posos de amargor en el espíritu. “Post Festam, pesta”, decían los clérigos.

     En nuestra casa de Villasana, Santa Filomena, tenía un eco especial: era el cumpleaños de mi buen padre que había venido al mundo un 14 de Junio de 1890. Además de la comida ilustrada con guisos y condumios elaborados bajo la batuta de la inolvidable abuela María y de las tartas monjiles, en la sobremesa acabábamos todos los miembros de la familia cantando, desde mi madre –¡cómo cantaba el “Vorrei Morire” que luego he oído al maestro José Carreras-¡ hasta el coro de hijos, siempre afinado y acompañado al piano por mi misma madre. Aquella sobremesa se prolongaba hasta muy avanzada la tarde.

     Comprenderás, lector, porqué Santa Filomena evoca en mí los más entrañables recuerdos, las más cálidas remembranzas.

     Pero, ¿quién era Santa Filomena?. Veamos su breve historia a través del “Año Cristiano”*, un libro de obligada lectura diaria en muchos hogares, que narraba la vida del santo o santos de cada día.

     Decía el “Año Cristiano” que el 25 de Mayo de 1802, Monseñor Ponzetti, por encargo de Pío VII –el futuro cautivo napoleónico en Fontainebleau- llevó a cabo una inspección en el cementerio romano de Santa Priscila y descubrió en su vía Salaria un nicho con lápida en la que aparecía grabada la inscripción (FI) LUMENA PAX TECUM (FI) AT: es decir, el nombre de Filomena –que quiere decir “hija de la luz”- dividida por la rúbrica PAX TECUM. A la izquierda de la inscripción un áncora; en el centro un azote con bolas de plomo, tres flechas y una vara en punta; a la derecha la palma y el lirio entrelazados. En la parte superior un vaso de vidrio finísimo lleno de sangre cuajada, “urna cristalina que centellea de luz viva e irisada”. Hasta 1805 no se expuso el cuerpo de la santa a la veneración pública.

     Es a partir de este último año cuando crece la veneración y se multiplican los prodigios asombrosos de la santa taumaturga, cuyas reliquias se trasladaron primero a Nápoles y de esta ciudad a la aldea de Miñano. Tres personas diferentes viviendo a larguísima distancia unas de otras recibieron revelaciones que narraban, concordantes, la vida de la Santa. Dicen en síntesis las revelaciones que la santa era hija de un príncipe griego y de una señora de elevada alcurnia y que sus padres habían sido atendidos por un médico, Publio, que les prometió prosperidad espiritual y material si recibían la luz de la fe. Así nace la “hija de la luz”.

     En circunstancias azarosas llegaron hija y padres a Roma, donde fueron recibidos en audiencia por el emperador Diocleciano  que se enamoró de la joven Filomena, a la sazón de 14 años. No consiguieron persuadirla los padres para que contrajese matrimonio con el emperador. Caricias, ruegos y amenazas resultaron inútiles y el emperador, de enamorado galán, se convirtió en fiera carnicera. Primero la santa doncella fue cruelmente azotada y su cuerpo, convertido en una llaga, fué arrojado al calabozo  donde resulta milagrosamente curada por los ángeles. Seguidamente el tirano mandó arrojarla a las aguas del Tiber atada al áncora; pero la cuerda se rompe milagrosamente y la santa sobrenada. Enfurecido Diocleciano mandó asaetearla, mas los dardos no salen del arco. Enrojecidas las flechas al fuego, las flechas hieren y matan a quienes las disparan. Ante todo ello el emperador mandó degollarla. El diez de Agosto –fecha litúrgica de celebración de la santa- vuela Santa Filomena al cielo con la corona de los mártires.

     Aquí concluye el relato del “Año Cristiano”. Pero sigamos porque aún hay más cosas que contar de la santa patrona de Villasana.

     Hacia 1815 los “benfratelli” –hermanos de San Juan de Dios- expulsados de Francia, habían sembrado la devoción de la Santa por el territorio francés, cantando “los gozos de Santa Filomena”. El padre Mongallón pasó por Lión, donde le hospedó la familia Jaricot. En premio la familia Jaricot recibió una reliquia de la Santa.

     La familia Jaricot introdujo la devoción y el Santo Cura de Ars, San Juan Maria Vianney, amigo de la familia Jaricot, se convierte en defensor ardiente y caballeresco de la Santa, a la que califica de “su cónsul”, “su encargada en los asuntos delante de Dios”**, contribuyendo a popularizar la devoción.

     No sabemos cómo llegaría la devoción de Santa Filomena a España, pero pudo ser por vía francesa y de los “benfratelli”, los hermanos de san Juan de Dios.

     Lo cierto que antes del comienzo del siglo XX ya se cantaba aquella canción que gracias a la memoria feliz de Lola y Chole Ortiz de la Fuente, podemos transcribir:

                        Desde el siglo diecinueve
                        Taumaturga sois gloriosa
                        avivadnos en la fe
                        Filomena toda hermosa

                         ESTROFA

                        Fuiste elegida en el cielo
                        por mano del Señor
                        para ser caritativa
                        y del mundo admiración

     ¿Cuánto tiempo hace que entonaban esta canción chiquillos y mayores de Villasana en honor a su patrona?.

 * “AÑO CRISTIANO” o “ejercicios devotos para todos los días del año”, escrito en francés por el P. Juan Croisset de la Compañía de Jesús, traducido al castellano por P. José Francisco de Isla, de la misma Compañía. Tomo III, Pag. 270 Madrid. Imprenta de Gaspar y Roig, editores, calle del Príncipe 4. 1853.

 ** EL CURA DE ARS, Francis Trocha. Ediciones Palabra. Madrid. 1984.


Relieve de la Adoración de los Magos de Villasana

La Iglesia parroquial de Villasana con la advocación mariana de Nuestra Señora de las Altices (La Asunción de la Virgen) se encuentra en la plaza de San Antonio en el centro de la localidad y ocupa el solar de una antigua ermita dedicada a este santo tan popular. Es un edificio moderno de finales del siglo XIX, aunque en su interior se conserva un espléndido ejemplar de frontal de altar procedente de la antigua iglesia del pueblo situada en la parte alta del mismo.  Tras la última reforma del templo, finalizada en el pasado 2006, fue colocada como base del actual altar, ocupando así el lugar para el que fue creada.

La pieza, labrada en un bloque calizo de 89 cm de alto x 141 de ancho, se decora con una Epifanía siguiendo la tradicional iconografía románica que vimos en otros templos norteños, como los expatriados relieves de Cerezo de Riotirón, el tímpano de Ahedo del Butrón o, sobre todo, el frontal de altar de Butrera, de similares dimensiones al nuestro (78 cm de altura x 143 cm de longitud). Como en aquél, vemos aquí a los dos primeros reyes de pie, coronados, portando los ciborios con las ofrendas y en conversación (el primero luciendo abultada barba de puntas rizadas ), mientras que el más próximo a la Virgen abre el recipiente de su ofrenda y realiza la tradicional genuflexión apoyando en este caso las dos rodillas en tierra; como en Ahedo del Butrón, resulta llamativo el detalle de las espuelas que luce el Mago. María se representa en posición frontal, sentada en un trono de respaldo rematado por cabecitas felinas, coronada y velada. Porta en su mano izquierda una granada y sobre su rodilla izquierda al Niño (de rostro torpemente retallado), quien, ligeramente vuelto hacia los Magos sujeta el Libro en su regazo y se dirige a los Reyes con un gesto de su mano derecha alzada. Conforme al papel secundario otorgado a San José en la escena, éste aparece aquí sin el aire pensativo habitual, con la cabeza cubierta con un bonete, sentado y apoyándose con ambas manos en un bastón “en tau”.

Aunque podemos hacer extensiva a este relieve de Villasana la caracterización estilística avanzada para el de Butrera, con una expresiva comunicación basada en los gestos de las manos, son palpables las diferencias entre ambos, bien que veamos similar diseño de los pesados paños, dotados de notable volumen y recorridos por barrocos y arrugados pliegues hinchados en torno a las articulaciones. Y pese a que podamos intuir la huella del denominado por Elizabeth Valdez como “maestro de Cerezo de Riotirón”, y de ahí las similitudes con las esculturas de Butrera, Gredilla de Sedano, Cerezo de Riotirón y los monumentos sorianos que intervinieron en su formación, ciertos rasgos delatan ya un estadio estilístico más avanzado, en el que se hacen patentes señales de un cierto goticismo. Su cronología debe rondar los últimos años del siglo XII o los primeros del XIII.

(Basado en textos de la Enciclopedia del Románico de Castilla y León, -Burgos- Volumen III, Fundación Santa María, págs.: 2165,2166)


CUANDO BENEDICTO XIV CREÓ EL OBISPADO DE SANTANDER (HACE ALGO MÁS DE 250 AÑOS)

    Según los estudios de José Luis Casado Soto, recogidos en su libro: “Viajeros de los siglos XVI y XVII”, la mayor parte de la región cántabra aparece, en la primera documentación medieval, adscrita eclesiásticamente a la diócesis de Oviedo, mientras que Trasmiera y la zona más oriental, en el obispado de Valtuesta y más tarde de Nájera. Fue a lo largo de los siglos XII y XIII cuando prácticamente todo el territorio cántabro fue incorporado a la diócesis de Burgos, del que formó parte durante más de 500 años.
    Así vivió Cantabria, prácticamente aislada por las montañas, sin una adecuada asistencia religiosa, hasta que en la segunda mitad del s. XVI, reinando Felipe II, tomó este monarca conciencia del problema, tomando la iniciativa ante Roma de crear un obispado en nuestra tierra, desmembrándola así de Burgos.
    Influyeron en la decisión del monarca, el hecho de que en aquella centuria fue intenso el paso de reyes, príncipes y su correspondiente séquito por Cantabria; que los puertos eran frontera con flamencos, ingleses y franceses, e incluso fue también, con el siguiente, el siglo de la incorporación a la Corte y de forma masiva, de hidalgos montañeses a la administración del Estado.
    El ayuntamiento de Burgos se opuso desde el primer momento a esta desmembración, sobre todo teniendo en cuenta los pingües beneficios que el recientemente creado arzobispado recibía de estas tierras gracias a la nueva planta del maíz que en Cantabria comenzó a cultivarse entonces.
    Felipe II y el arzobispo Vela murieron casi al tiempo. El cardenal Zapata, sucesor de Vela, visitó Cantabria y escribió a Felipe III desde Laredo, sobre la necesidad de “crear el obispado en estas Montañas”, pero parece que el tema no fue enviado a Roma durante su reinado.
    El siguiente monarca, Felipe IV, a pesar de la oposición que no se reducía tanto por parte del arzobispo, como del cabildo y ciudad de Burgos, envió a Roma un informe terminante, argumentando, entre otras cosas, “que no hay curas, porque si alguno de los nativos consigue estudiar lo suficiente para ordenarse, no se queda por mucho tiempo en una tierra tan pobre y enseguida se adentra en tierras de Castilla”.
    En Roma, que tomaban siempre el tema con harta lentitud, se dirigieron al Nuncio para que, con todo sigilo, enviase a alguien a reconocer aquella tierra tan bravía, áspera, incomunicada y mísera. Y éste envió al canónigo suizo Zuyer, quien realizó un espléndido trabajo..., pero que continuó durmiendo el sueño de los justos durante una centuria antes de que se tomase decisión favorable al respecto.
    Y ésta llegó, por fin en 1754, reinando en España Fernando VI quien, con su decidida actitud ayudad o alentada por un montañés tan cualificado como el padre Rábago, se consiguió la creación del nuevo obispado por el Papa Benedicto XIV, erigiendo en catedral la colegiata de San Emeterio y San Celedonio y poniendo al frente de ella a un obispo en lugar de un abad, como venía sucediendo desde la Alta Edad Media.
    Por aquel entonces, Santander contaba con 680 vecinos, unos 2.200 habitantes, y fue el arranque de otras concesiones y privilegios, como el de declarar ciudad a la villa (1755), reconocer la provincia de Cantabria (1779), creación del Consulado de Mar y Tierra (1785), y la fijación de la actual provincia o región (1801-1833).

(Artículo publicado en la Hoja Parroquial del Valle de Mena nº14 de noviembre de 2006. En el dibujo se pueden ver los distintos arciprestazgos que integraban la diócesis en el año 1660, entonces nuestro valle aun pertenecía a Burgos)